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Relatos de montaña – Expedición Nevado Dulima Glaciar Totare [PARTE 1/2] por Nicolás Agudelo

Este viaje empieza como se ve en esta imagen, soñando, soñando con poder alcanzar una de las cimas más hermosas de nuestra Colombia junto a un grupo de personas incansable. Todos ansiábamos de diferentes formas la cima, llegar al punto más alto, a la cúspide y volver de cierta forma “victoriosos”. A pesar que el nevado nos trató de maravilla, esta vez, no logramos la cumbre, son muchos factores que se juntan, tiempo, clima, cansancio, frío.



NO PUDIMOS HACER CUMBRE, PERO VOLVIMOS FELICES, NOS LLENAMOS DE VIDA CON ESTA EXPERIENCIA.

El viaje se vive tres veces: cuando se planea, cuando se vive y cuando se recuerda. En especial este viaje lo empezamos a planear con mucho tiempo antes, días intencionando y preparándonos para lo que se venía, una de las mejores experiencias de nuestras vidas.



Salimos cuatro locos de Medellín hacia Ibagué una tierra desconocida para muchos de nosotros, nuestra primera parada fue Juntas donde nos encontramos con Manu y Sebas nuestros guías, estábamos en un lugar cerca de Ibagué donde nos íbamos a preparar para empezar a subir. Literal a subir porque el primer día de expedición iba a ser uno de los más duros de todos.




El jueves 8 de agosto, madrugados y luego de una noche de sueño arrancamos. Con nuestro morral al hombro y nuestras ganas de conocer. Este día íbamos a caminar unas 9 horas, 9 horas de subida, con un desnivel de más de 2.000 metros. De esta forma nos recibía la montaña, dándonos una señal: ey esto no es para cualquiera.

Y ASÍ LO SENTÍ YO EN ESPECIAL QUE EN EL PRIMER DÍA CASI ACABA MI VIAJE.


Empezamos a dejar el pequeño corregimiento de Juntas a nuestras espaldas, teníamos que cruzar varios ríos y quebradas, hasta que empieza la subida al alto de nieves, pasamos del bosque al páramo en tan solo unas horas. Ya empezábamos a sentirnos felices, entre esos frailejones. Nuestro campamento para esta noche iba a ser un lugar llamado La Escuela el Salto, una casa de campesinos, donde nos acogieron, nos dieron una cama, calor humano y buena comida.

Pero yo no iba tan bien, me dio muy dura la altura o la montaña, tenía dolor de cabeza, vomito y diarrea. No íba bien. Literalmente entre los guías iban hablando y discutiendo qué hacer conmigo… Hasta que Jose se me acerca y me dice sabiamente: Nico si seguís así mañana no podés seguir.



No se cómo, pero esas palabras calaron, pasé una mala noche, pero de alguna forma me desperté bien, me empecé a sentir nuevamente con fuerzas, no me quería perder de todo lo que aún tenía Dulima preparado para nosotros. Y si que agradezco haberme mejorado. Porque todavía faltaba lo mejor.


El viernes 9 de agosto, seguimos nuestro caminar y dejamos atrás la escuela, la meta: Los Termales de Cañon. Un oasis en el lugar más lejano de la montaña, luego de casi 6 horas caminando, esta vez por travesía, sin tanta subida, llegamos AL PARAISO. Un lugar increíble, lleno de montañistas, guías y personas que habían intentado hacer cumbre pero que nos contaban que no habían podido. Fue en este momento que me di cuenta lo que nos esperaba. Había mucha gente preparada para hacer cumbre y varios no lo habían logrado, estaba la posibilidad de nosotros no hacerla, solo hasta este momento lo pensé, pensé en que era posible que no cumpliéramos con lo que habíamos venido a hacer.



LUEGO ME DARÍA CUENTA DE LO QUE REALMENTE FUIMOS A HACER A ESA MONTAÑA

Estando en el campamento, tranquilos en los termales, tuvimos la oportunidad de ver dos águilas sobre volando y un cóndor. Ver a este animal no es nada común, todos lo vimos como un buen augurio, una buena señal de la montaña, del nevado que nos daba la bienvenida.

Este día a dormir a las 6 de la tarde porque empezábamos a caminar a la 1am.

AHORA SI SE VIENE EL DÍA MÁS IMPORTANTE Y DÍFICIL, EN EL QUE VIMOS QUIÉNES ERAMOS, CUÁLES ERAN NUESTROS LÍMITES Y EL MÁS PELIGROSO DE TODOS.

Se venía ese día de 15 horas de camino, de subir a 5.000 metros, de tener tanto frío que no se sentían los pies, de escalar una pared de hielo y de darnos cuenta que no lo íbamos a lograr.

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